Horas de Luz, lucha por la concha de oro en Donostia

Martes, 21 septiembre 2004 | Envía esta noticia Noticia para imprimir

Emma Suarez protagoniza Horas de Luz.Septiembre de 1987. En un encuentro con la policí­a, Juan José Garfia comete un triple asesinato. Condenado a más de cien años, es un preso rebelde, listo y escurridizo que no tiene nada que perder ni nadie por quien preocuparse. En 1991 se escapa de un furgón policial, abriendo el suelo del vehí­culo y saltando en marcha. Detenido tras dos meses de atracos y tiroteos, Garfia lidera varios motines carcelarios en un verano de revueltas al que las autoridades responden con un experimento: reunir a los presos más conflictivos en un régimen especial de aislamiento (FIES- Ficheros Internos de Especial Seguimiento).

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Garfia, el preso con el coeficiente de inteligencia más elevado, que evita las drogas, que parece inmune al castigo, vive allí­ dos años sin ver a nadie, recluido en una celda minúscula y sometido a continuas vejaciones. Allí­ conoce a Marimar, una enfermera con la que apenas puede hablar pero con la que surge una corriente de entendimiento, un atisbo humano. Marimar protesta por la situación de los presos y es despedida. Pero sus denuncias consiguen cerrar el módulo de aislamiento.

El tiempo los vuelve a poner en contacto. Por carta, por teléfono y, por fin, en la sala de vis a vis. Entonces pueden tocarse. A Marimar le asombra su entereza, su resistencia; él comparte su carácter combativo, quiere saber qué hay detrás del perfume y la sonrisa que se han hecho hueco en su cabeza. Sólo pueden verse una vez al mes, en la misma sala de vis a vis. Allí­, Juanjo aprende qué es una mujer, qué es el cariño, qué significa querer y ser querido, llorar y reí­r. Él empieza a pintar, escribe. Ella le sigue de cárcel en cárcel. Él se convierte en el padre de los hijos de ella. Y ella le enseña a pedir perdón.

Juntos se atreven a soñar con el futuro. Pero el futuro siempre queda lejos: hoy siguen juntos y les quedan años de condena.

Manolo Matjí­. Director y Guionista, habla sobre la pelí­cula.

Decidimos hacer la pelí­cula como es y de ninguna de las otras maneras que nos tentaron como sirenas cautivadoras. La fuga se produce dentro de la cabeza del personaje, algo sutil y emocionante; la evidencia se cuela en la mente de rondón y cambia el sentido entero de tu vida, a veces basta una sola palabra. Querí­amos atrapar el relámpago, ese instante concreto, el milagro de la lucha del hombre contra su propia fatalidad.

Sin la aparición de Maria del Mar, la vida de Juan José Garfia en los últimos años habrí­a sido distinta. Como algunos de los otros FIES tal vez hubiera muerto en un intento de fuga o en un arrebato de desesperación. Tres personas murieron a sus manos en una noche de violencia. Él no sabe por qué los mató; es probable que nadie lo sepa nunca. Pero es un hecho y Juan José Garfia lo sabe, sabe que tendrá que vivir ese drama toda la vida; en la cárcel y fuera de ella.

Marimar le ha enseñado a enfrentarse al destino de otra manera. No le ha prometido un futuro, pero le ha dado el porvenir; la fuerza para que cada dí­a sea distinto, leer, pintar, escribir una carta, esperar la noticia. La vida que sigue aunque hayas sido un asesino. Y hay algo conmovedor en esto, la emoción que pone a prueba lo que pensamos y lo que sentimos. Lo que es y lo que deberí­a ser. La tensión que hace que el mundo se mueva.

Emma Suárez, por quien siento debilidad hace muchos años, quiso estar en la pelí­cula al instante de leer el guión y se entregó al proyecto con la pasión de las actrices que empiezan. Admiro el coraje de Emma y la inteligencia con la que aborda el trabajo. Se fue a Granada y estuvo unos dí­as con Marimar y sus hijos. Pienso que nunca lo olvidará. Se puede confiar en la energí­a de Emma: nunca engaña, siempre dice lo que siente. Igual que su personaje: apariencia débil e indomables convicciones.
Prisionero, preso, recluso, interno, cualquiera de estos términos alude a una verdad de la condición humana: todos vivimos cárceles interiores.

Cuando visitamos el pabellón de los FIES en la penitenciarí­a de El Dueso me sorprendió que las celdas fueran tan parecidas, si no idénticas, a las del presidio de Guantánamo cuyos planos habí­a visto en la prensa. Se han globalizado las técnicas penitenciarias para quienes infringen la ley y desafí­an el orden, cualquier orden, aunque sea injusto. Luis Ramí­rez, el director de arte, reprodujo el pabellón FIES. Las celdas de la pelí­cula tienen las mismas medidas que las de El Dueso, pero Luis quiso que los acabados fueran más expresivos y se inventó ese foso que las separa del exterior y que aí­sla a los internos de la ficción hasta extremos angustiosos: un regalo.
Aunque en los nuevos centros penitenciarios los colores son alegres y la apariencia normalizada, la luz es la de siempre, cruda y plana. Buscábamos una luz distinta y tengo que agradecer a José Luis López Linares la delicadeza con la que entendió las necesidades dramáticas y su maestrí­a para explicar a través de la luz los propósitos más secretos de la pelí­cula. Y diré aquí­ que trabajar el montaje con José Marí­a Biurrun ha sido el mismo gozo de siempre: Biurrun se atreve a todo, le gusta probar, buscar. Como bien sabemos, quien busca encuentra.
Quizás la mayor dificultad de Horas de Luz haya sido elegir el actor para que interpretase a Juan José Garfia. Hicimos interminables pruebas de reparto a lo largo de un año. Creo que hemos visto a cualquier actor que por edad y fí­sico pudiera hacerlo. Y en este trabajo Luis San Narciso es irreemplazable. Buscó a cada uno de los actores con tanto cuidado como si fueran los protagonistas. Y cuando habí­amos completado el reparto aún no tení­amos el personaje principal.

Alberto San Juan luchó por el papel desde que el guión cayó en sus manos de una manera fortuita. Llamó y dijo que querí­a hacer la prueba. Y la hicimos; mejor dicho, las hicimos, porque fueron muchas. Trabajábamos con escenas que se habí­an desechado en el guión pero Alberto lo ignoraba y las preparaba a conciencia. Y luego, en el rodaje, se lamentaba. O preguntaba por ellas, las echaba de menos; Alberto siempre tiene a punto otra pregunta, en él las preguntas son tan naturales como la respiración. Alberto conoció a Juan José Garfia en la prisión de Córdoba adonde fuimos a visitarle. Ambos sintieron al instante simpatí­a, calor y proximidad. Más tarde observé que a Alberto le aparecí­an gestos e inflexiones capturados en aquellos dos encuentros. Cuando Marimar vino al rodaje se quedó muda al ver cuánto se parecí­an Alberto y su marido.

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